
Cerró los ojos y Félix, que contemplara con avidez su azul misterioso e impresionante, creyó que seguía viéndolos tenuemente, transparentándose a través de los párpados con una luz de eternidad, como si en el iris hubiera advertido esa visión desenfocada de la bestia salvaje que no se ha ajustado a sostener la mirada del ojo humano.
La mujer que se presenta al espectador como un «cuadro» compuesto y acabado es, para la mente contemplativa, el mayor de los peligros.
A veces, uno encuentra a una mujer que es bestia en trance de hacerse humana.
Cada movimiento de esta persona se reducirá a la imagen de una experiencia olvidada, espejismo de una boda eterna proyectado sobre la memoria racial; una alegría tan insoportable como lo sería la visión de un antílope bajando por una arboleda, coronado de azahar, con un velo nupcial y una pata levantada en actitud temerosa, caminando con el pálpito de la carne que se hará mito; al igual que el unicornio no es ni hombre ni aminal disminuido sino ansia humana que comprime el pecho contra su presa.
Esa mujer es la portadora de gérmenes del pasado: delante de ella nos duele la estructura de la cabeza y las mandíbulas; nos parece que podríamos comérnosla, a ella que es la muerte devorada que vuelve porque sólo entonces acercamos la cara a la sangre que hay en los labios de nuestros antepasados.
Algo de esta emoción invadió a Félix.
Pero él que, por su raza, era incapaz del abandono, se sintió como el que en un museo contempla un mascarón de proa que, aunque estático, sin mecerse ya en el tajamar, todavía parece ir contra el viento; como si aquella muchacha reuniera en sí las dos mitades de un destino roto que, en el sueño, se hubieran encarado a sí mismas, como una imagen y su reflejo en un lago parecen estar separadas únicamente por la vacilación de la hora.
La voz de esta muchacha tenía el tono del que se recrea con la promesa del abandono: el «aparte» musitado por el actor que, con la leve avaricia de su discurso, retiene la explicación hasta el momento oportuno en que haya de lucirse ante su público –en su caso, una improvisación prudente, aludiendo a lo que diría más adelante cuando pudiera «verlos».
En suma, la fórmula más larga de una despedida rápida.
EL BOSQUE DE LA NOCHE (Nigthwood, 1936)
Djuna Barnes
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